


Aterrizamos en China amaneciendo el 5/3/07, en una mañana soleada de la recién estrenada primavera cantonesa. Lawerence, nuestro guia, nos esperaba tras la recogida de equipajes. Hechas las presentaciones, cambiamos algo de dinero y nos dirigimos en autobús hacia el hotel. El trayecto duró casi una hora y recuerdo como si fuera hoy mis primeras visiones de la provincia natal de mi hija: el verdor de los campos colindantes al aeropuerto, la moderna autopista, el gris de las edificaciones de la periferia de Guangdong -todos con ropas colgadas en las rejas de las ventanas-, la gente por la calle, las tiendas aún engalanadas por la celebración del Año Nuevo del Cerdo dorado, las carreteras de la ciudad en escalextric...
Llegamos al Best Western Bai Yun Hotel sorteando las obras de la plaza donde se ubicaba. Una vez dentro, Lawerence nos condujo a una estancia contigua al vestíbulo donde nos explicó los pasos que seguiríamos, nos repartió las tarjetas de las habitaciones y los tickets del desayuno. Recuerdo que al sentarme notaba aún el vaivén del avión en mi cabeza, el cansancio empezaba a pasarme factura, ¡y eso que no habíamos hecho más que llegar!
Subimos a las habitaciones, la nuestra en frente de la de Chari. Me impresionó ver la cuna vacía de Clara, en unas horas mi hija ya descansaría en ella. Nos dimos una ducha rápida y nos cambiamos de ropa. Me eché un rato en la cama y cerré los ojos para relajarme. La noria seguía dando vueltas en mi cabeza. Me levanté ansiosa, no podía descansar. Revisé por enésima vez la bolsa de Clara, asegurándome de que lo llevábamos todo: la documentación, la donación económica al orfanato, una muda, biberón, juguetes...
A la hora señalada, Chari vino a buscarnos. Bajamos a recepción y nos reunimos con el resto de familias que ya esperaban. La emoción se palpaba en el ambiente. Nos dividieron en dos grupos de 10 familias, dependiendo de la procedencia de las niñas. Subimos a los autobuses donde Lawerence, micro en mano, fue dándonos las últimas recomendaciones. Me hizo gracia que nos pidiera calma para no asustar a las niñas, ¿quién podía estar tranquilo en semejantes circunstancias?
Llegamos al Registo -un edificio de usos múltiples- y subimos a la cuarta planta. Al salir del ascensor, a mano derecha, una puerta abierta dejaba ver un panel con el logo del Centro Chino de Adopciones y la inscripción en inglés "Todo por los niños" adornado con distintas banderas en forma de corazón. Recuerdo que sonaba un pitido cada vez que alguien traspasaba el umbral en una sinfonía de recibimientos.
Habia mucho revuelo alli, se oían voces de americanos que debían estar esperando a sus niñas. Nos pasaron a una sala, con dos ventanas enrejadas. No había muebles en ella, ni cuadros, ni nada. Estaban a punto de mudarse y ya lo habian recogido todo.
La emoción iba en aumento. Algunos padres se quedaron en el pasillo pues varias niñas acababan de llegar. Nos cerraron la puerta de su estancia, íbamos a alterar a las niñas. Lawerence nos repartió entonces unos papeles para que comprobáramos los datos que figuraban en ellos. Era el modelo que serviría para hacer nuestro libro de familia chino. Estábamos tan ansiosos que nos costó ver que había una errata en la fecha de nacimiento de Clara.
Después empezaron a llamarnos. La Responsable del orfanato de Yangxi iba entrando en nuestra sala trayendo una niña cada vez mientras citaban a la familia por el apellido paterno. Creo que fuimos los segundos en recibir a nuestra hija.
Allí estaba Ella. La trajeron de espaldas y al darle la vuelta para cogerla la identifiqué al instante. No nos la habian cambiado, no se la habian dado a ninguna otra familia por equivocación. Mis miedos se esfumaron. Era ella, más pequeñita, pero ella. Siete kilos en apenas 70 cms de altura.
Recuerdo su mirada vacía, su curiosidad, su olor. Su pelo inexistente por delante y corto por detrás. Vestía mono fucsia, naranja y amarillo, rotulado en la espalda con una pegatina con su nombre. Recuerdo que se dejó abrazar, con hipidos entrecortados probablemente por el miedo. Juan y yo la compartimos. La besamos, la miramos. Era Ziguo, y estábamos con Ella. Me dejé caer con la niña en brazos arrastrando mi espalda por la pared. No había sillas y necesitaba sentarme. Cerré los ojos y la abracé intensamente. Creo que fue entonces cuando di a luz...
Asi fue nuestro encuentro, tantas veces imaginado con la visión de otros encuentros precedentes de conocidos y desconocidos. Asi vino Clara al mundo, a nuestra familia, a nuestra vida. Así me convertí en madre.
Hoy hace un año de esta historia. Muchas felicidades Clara.